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Chapinismos

Anécdotas y cosas que "casi" solo pasan en Guate

Historias cotidianas, ruidosas, tiernas y profundamente chapinas. De esas que incomodan un poco, hacen reír otro tanto y al final terminan explicando algo de lo que somos.

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Funerales en pleno tráfico

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Hay cosas que solo pasan en Guatemala... o que al menos aquí pasan con una naturalidad que te deja pensando. La vez pasada me tocó estar una hora entera en tráfico, a pleno mediodía, bajo ese sol que no perdona. Carros apagados, motoristas desesperados, uno revisando el celular veinte veces, preguntándose cuál era el accidente o el bloqueo de turno. Cuando por fin avancé y llegué al “origen” del clavo... no era choque, no era protesta. Era un funeral.

Ahí iba el cortejo, caminando despacio, desde la casa del difunto hasta el cementerio. El ataúd al frente, flores, familia, vecinos, y detrás una fila interminable de carros avanzando al ritmo de la despedida. Nadie tocando la bocina, nadie gritando. Solo paciencia forzada y un silencio raro en medio del caos habitual. Y yo, asombrado, pensando: ¿a plena hora pico? ¿De verdad?

Pero no quedó ahí. Otra vez, camino a Antigua, me detuve a echar gasolina porque el tráfico estaba detenido otra vez. Le pregunté al gasolinero qué pasaba, y con toda la calma del mundo me dijo: “Ah, es que pasó un funeral... iban bien despacio, parando todo. Y hasta quemaron cohetes.” Yo me quedé helado. “¿Cohetes? ¿Aquí, a la par de la gasolinera?” Y él, tranquilo: “Sí, así es cuando despiden a alguien querido.” Esta vez nos toco “empujar” los cohetes en pleno retumbe, con una escoba, para alejarlos de los dispensadores de gasolina.

Y ahí entendí algo muy nuestro: aquí la despedida no es discreta ni escondida. Se honra en la calle, se camina en comunidad, se hace visible. Aunque detenga el tráfico, aunque incomode, aunque uno llegue tarde. Es como si el mensaje fuera claro: la vida cotidiana puede esperar un rato; la despedida de alguien no.

Claro, desde el volante uno se desespera. Uno piensa en la reunión, en el compromiso, en el reloj que no perdona. Pero al ver pasar el ataúd, las flores, la familia... el enojo baja dos rayitas. Porque, al final, ese tráfico no era por imprudencia: era por respeto... y sí, son cosas que pasan en nuestra amada Guate.

Y sí, sigue siendo curioso. Porque en otros países todo es carro fúnebre rápido y discreto. Aquí no. Aquí se camina, se para el mundo un momento, se queman cohetes si hace falta. Y aunque te agarre en plena hora pico, aunque estés a la par de una gasolinera llena de combustible, la despedida pasa... y todos, queramos o no, formamos parte de ella por unos minutos.

Solo en Guatemala podés estar atrapado en tráfico... y terminar reflexionando sobre la vida.

La quema del diablo

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Si hay algo que solo en Guatemala se vive con esa mezcla de tradición, fuego y emoción con la mara, es la quema del diablo. Cada 7 de diciembre, a las seis en punto, el país huele a pólvora, cartón viejo y catarsis chapina. Porque no es solo prender fuego: es despedir lo malo del año. Es decir: “Aquí te dejo mis clavos y mis malas vibras... empezamos limpio, empezamos desde cero.”

En muchos barrios todavía se vive como antes: los patojos juntando madera, ramas, paja etc. y las señoras barriendo el frente, el vecino experto en gasolina dando órdenes. Y cuando el reloj marca las seis, alguien grita “¡Préndelo!” y el diablo de cartón con cuernos y sonrisa burlona o ya sea una piñata, se vuelve ceniza entre cohetillos y risas, y abrazos entre amigos.

No es solo fuego; es memoria. Es el humo metiéndose en la ropa y en los ojos y esa sensación rara de cierre y comienzo al mismo tiempo.

Claro, también están los excesos: el que arma una fogata monumental, el que quema media sala porque “ya estaba vieja”. Porque en Guatemala, cuando hacemos tradición, la hacemos con ganas, com pasión, con amor, con fe.

La quema del diablo es fuego, sí... pero también es esperanza. Es ruido y limpieza emocional. Es cerrar el año con humo en el aire y el corazón un poquito más liviano.

Bocinas de los buses a las 4 a.m.

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Desde que me vine a vivir cerquita del pueblo, descubrí que aquí nadie necesita alarma. A las 4:00 a.m., puntual como reloj suizo pero con alma de camioneta vieja, suenan las bocinas de los buses. No una vez. No dos. ¡Una sinfonía completa! Como si estuvieran anunciando el fin del mundo... o el inicio oficial del día chapín trabajador.

Es curioso, porque todos saben que el bus sale a las 4:00. Siempre ha salido a las 4:00. Sale hoy, salió ayer y saldrá mañana a las 4:00. Entonces uno se pregunta: ¿por qué tocar tanto? ¿Es para el pasajero que se quedó dormido? ¿Para el vecino que no va a viajar pero igual tiene que enterarse? ¿O será que la bocina es más tradición que necesidad?

Lo cierto es que esas bocinas ya son el despertador oficial del pueblo. No importa si vas al mercado, al campo o si solo querías dormir cinco minutos más. A las 4:00 a.m. el bus te recuerda que la vida aquí empieza temprano y sin permiso.

Y aunque uno reniegue medio dormido, hay algo profundamente chapín en eso: el sonido metálico anunciando trabajo, movimiento, gente que sale a buscar el pan de cada día. Es ruidoso, sí. Es exagerado, también. Pero es un pueblo vivo.

Porque en Guatemala el día no amanece con el gallo... amanece con las bocinas de los buses (Chicken Bus)

El Canche y la “Manita”

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Imagina a un "canche" (extranjero) caminando por un mercado típico de Guatemala. Mientras admira los colores de las artesanías, se le acerca una señora con una canasta muy pesada sobre la cabeza y, con toda la amabilidad del mundo, le dice: "Mire, canchito, ¿no me regala una manita, por favor?".

El extranjero se detiene en seco, abre los ojos como platos y, tras un momento de silencio incómodo, le responde con mucha educación: "—Lo siento mucho, señora, pero no puedo regalársela porque es mía y me sirve mucho para trabajar… jajaja”

La señora se queda confundida un segundo, pero luego suelta una carcajada, pues lo único que necesitaba era un "jalón" (ayuda) para bajar o acomodar su canasta. Para el guatemalteco, pedir que le "regalen" algo no significa esperar que sea gratis o entregar una parte del cuerpo; es simplemente una "cortesía lingüística" o una "muletilla" para suavizar una petición con cariño. Si un chapín entra a una tienda y dice "¿Me regala un su cafecito?", está totalmente dispuesto a pagarlo, pero quiere mantener la "buena onda" en el proceso.

Cosas de Guate que se cuentan solas